No pierdas la serenidad

Cualquiera puede enfadarse… eso es fácil. Pero enfadarse con la persona acertada, en el grado justo, en el momento justo, por el motivo correcto y de la manera adecuada… eso no es fácil, enseñaba Aristóteles.

Debido al alto nivel de tensión y presión que soportamos en la vida actual, es fácil que perdamos la calma a la más mínima provocación.

Mientras nos apresuramos a regresar a casa después del trabajo al final de otro día agotador, gritamos a la tortuga que conduce el coche que va delante, que por lo visto dispone de todo el tiempo del mundo.

En el supermercado, nos enfadamos con el empleado que nos envía al pasillo equivocado mientras buscamos los ingredientes para la lasaña de la cena.

Palabras

Y mientras cenamos le gritamos al televendedor que tiene la desfachatez de interrumpirnos en un intento de endosarnos sus productos.

El problema cuando se empiezan a perder los nervios a diario es que se convierte en un hábito. Y, como muchos hábitos, con el tiempo llega a ser nuestra segunda naturaleza.

Las relaciones personales empiezan a deshacerse, las amistades del trabajo empiezan a distanciarse y tu credibilidad disminuye a medida que se corre tu fama de «que estás siempre con la escopeta preparada».

Las personas eficaces son coherentes y en muchos sentidos, predecibles. Los tiempos difíciles requieren personas serenas que puedan mantener la calma y la serenidad aún bajo presión.

Mantener la calma en un momento de crisis puede ahorrarte años de dolor y angustia. Las palabras hirientes pronunciadas en unos pocos segundos de ira han llevado a más de una amistad rota.

Las palabras son como las flechas una vez que lanzas, no las puedes recuperar. Así que elígelas con cuidado.

Una excelente manera de controlar tu genio es simplemente contar hasta cien antes de responder a alguien que te ha molestado.

Otra estrategia que puede utilizarse es lo que yo llamo el «Test de las tres puertas»:

Los sabios de la antigüedad solo hablaban si las palabras que iban a pronunciar pasaban tres puertas.

  • Primera puerta. Se preguntaban a sí mismos:¿Son estas palabras sinceras?.Si así era, las palabras pasaban entonces a la segunda puerta.
  • Segunda puerta. Los sabios se preguntaban: ¿Son estas palabras necesarias?. Si lo eran, pasaban entonces a la tercera puerta.
  • Tercera puerta.  Se preguntaban: ¿Son estas palabras amables?.

Solo si también esta respuesta era afirmativa permitían que las palabras salieran de sus labios y fueran enviadas al mundo.

Trata a las personas como si fueran lo que deberían ser y ayúdalas a convertirse en lo que son capaces de ser

dijo el poeta alemán Johann Wolfgang von Goethe.

Esas son palabras sabias por las que guiarse en la vida.


Fuente: Lecciones sobre la vida del Monje que vendío su Ferrari, de Robin S. Sharma

 

 

 

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